Quiteria

Relato de Juan Andrés Saiz Garrido, finalista del II Certamen de Narrativa “Villa de Sorihuela”. Abril 2017

Julio de 2015. Con motivo de haber sido invitado a un certamen literario en Fontanar, un pequeño pueblo jienense de la Sierra de Cazorla, le propongo a Marisa que me acompañe, a pesar de que, tras la muerte de nuestro hijo Tatán, en marzo de 2012, se resiste a celebraciones festivas y también a viajar. Por mi parte, junto a la pasión de sumar palabras, me atrae buscar señas de identidad escondidas en la intrahistoria de los pueblos, ésas que nos hablan de cómo eran nuestros ancestros y nos ayudan a entender por qué somos como somos, dependiendo en parte del entorno y del pasado colectivo, que en el caso de mi pueblo, El Espinar, tiene sus raíces bien firmes en sus montes, cuyos pinos han sido durante siglos trabajados por hacheros, muleros y carreteros.

De aprovechar y bajar las leñas del monte a lomos de caballerías se encargaban los gabarreros. Son oficios de otros tiempos por los que me he interesado, en especial el de los gabarreros.

A
demás de la madera y la leña, el granito de las canteras ha sido otro recurso laboral en esta tierra; como muestra, pervive levantada una cruz de piedra en el paraje donde ahora está el instituto “María Zambrano”.

Dicen que este humilladero, dedicado a Santa Quiteria, es fruto de la devoción que hasta este valle umbrío del Guadarrama trajeron antiguos canteros gallegos y portugueses. Al otro lado de la sierra está Alpedrete, otra localidad que por esa misma relación laboral tiene de patrona a Quiteria.

Siguiendo su pista, localizo que es venerada en más lugares, entre ellos un pueblo de Jaén, Sorihuela
de Guadalimar, “rodeado de montes y regado por un río rojo”, dentro del Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas.

Por eso, el viernes 3 de julio, aprovechando el referido viaje a Fontanar, decido pasar antes por Sorihuela, con la primera intención de conocer más datos sobre su copatrona.

Llegamos cuando el sol cae de plano. Dejamos una estación de servicio a la izquierda y rodeamos el pueblo hasta llegar a una plaza con un quiosco y una fuente con siete caños; aparcamos el coche junto al quiosco, bajo la generosa sombra de un árbol y seguimos por la calle Calderón de la Barca. La cuidada sillería de las fachadas de la plaza de España apoya mi idea sobre la posible relación de antiguos canteros con la devoción a Quiteria.

Hace calor, pero nuestra curiosidad nos empuja a seguir caminando por la calle Mayor, hasta que Marisa entra en una tienda de electrodomésticos que también es estanco y en la que hay más cosas; rebusca entre los objetos y encuentra unas pulseras con el icono cómplice que Tatán y su novia tenían en común: una mariquita roja con lunares negros.

Compra varias como regalos para las parejas de nuestros hijos. Nos atiende con ancha simpatía la propietaria, amable tendera que derrocha explicaciones. Le pregunto dónde puedo ver a Santa Quiteria y se le ilumina la cara: “Está en su ermita, a la salida del pueblo; pero si de verdad quieren verla bien han llegado ustedes un poco tarde, porque la fiesta fue hace cosa de un mes, a finales de mayo, que es cuando la bajamos al pueblo; días después, ya en su morada, celebramos una romería que es la mayor gloria de Sorihuela; para mí es la fiesta que más feliz me hace; nosotros tenemos un chozo en el que nos juntamos 20 o 30 personas; si vienen ustedes otro año, están invitados“.

Su frescura y entusiasmo me recuerdan mucho a mi madre. Sigue ilustrándonos: “Se va por la carretera que baja hacia Villanueva, pero vayan atentos pues a unos tres kilómetros deben desviarse a la izquierda por el camino que sube a un paraje que llamamos “Santa mira del buen aire”; allí está la ermita, en el Cerrico pelón; para comer ahora, vayan al Santa Águeda, a la entrada del pueblo, junto a la gasolinera, pregunten por Adolfo y díganle que vas de parte de Antonio Muñoz y Amadora; les atenderá muy bien“.

En el comedor nos dejamos aconsejar y tomamos el menú: ensalada campera, bacalao con pisto, helado y café; después de agradecerle a Adolfo la calidad de la cocina y el servicio, le pregunto con una sonrisa si el carro de Manolo Escobar está escondido en algún rincón del pueblo.

Me sigue la broma: “¡No creo que haya venido usted aquí a buscar el famoso carro!

-No; lo digo porque sé que la letra de esa canción la escribió un autor muy fecundo, Alejandro Cintas, que es de Sorihuela; admiro a los poetas populares. ¿Sigue viviendo aquí?

-La verdad es que muchos creen que es de Orihuela, porque alguien le puso “El Niño de Orihuela” como nombre comercial cuando cantaba, y así se quedó, pero Alejandro es de aquí, y a mucha honra, aunque hace años que vive en Madrid; debe de ser ya muy mayor.

Seguimos nuestro camino. Amadora nos ha indicado bien. Una vez en el Cerrico pelón, paseamos alrededor del templo y nos refrescarnos en la fuente de piedra. Retomamos la marcha y antes de llegar a Villanueva atravesamos el Guadalimar por un puente. Al superar su pretil de piedra, Marisa se muestra sorprendida por el tono rojizo del agua.

Cuando el sol aún castiga, llegamos a Fontanar y nos acoplamos en la casa cueva que nos tienen reservada, cuya frescura interior nos sorprende. Poco a poco va llegado el resto de los invitados: escritores, cantantes, cómicos… hasta formar un grupo multicolor, cargado de magia y empatía.

El sábado, tras una gira por el Parque de Cazorla y luego una velada literaria muy original, con la escenificación de los relatos ganadores por el grupo de cómicos, improvisamos un sarao con música y narraciones en el patio de nuestra casa cueva, que se prolonga hasta el alba.

El domingo por la mañana volvemos a El Espinar sin saber que un tremendo incendio se extiende por los montes que el día anterior hemos conocido con el grupo. Durante semanas, sigo con interés su evolución, que al principio atribuyen a un rayo de una tormenta seca, pero luego se confirma que fue intencionado.

Rebrota con fuerza en un par de ocasiones y obliga a evacuar a cientos de personas en los frentes incontrolados, quemando al final más de diez mil hectáreas. Algunos titulares lo califican como una catástrofe irreversible. Me afecta mucho esta noticia, entre otras cosas porque mi hijo Tatán fue bombero forestal.

Después de aquella breve escapada por la serranía de Jaén, me sigo interesando por los estragos del suceso y también por conocer nuevos detalles sobre Quiteria, en especial su condición de protectora contra la rabia, no tanto como enfermedad infecciosa, contagiada por la mordedura de animales enfermos, sino por su segunda acepción: “sensación persistente y aguda de ira“, esa afección que en casa conocemos por desgracia tras la muerte de nuestro hijo, en especial Marisa.

Durante estos meses de tránsito, indago sobre la causa de ese color tan llamativo del Guadalimar, y encuentro su origen en las tierras bermellonas de la Sierra de Segura, que el río arrastra en su cauce alto, tiñendo sus agua con tanta intensidad que los árabes lo nombraron Wad ad-ihmar (río rojo) y los lugareños le siguen llamando “río colorao“.

Encuentro también una referencia especial y común entre un oficio desaparecido del Guadalimar y otros del Guadarrama: los pineros o gancheros que durante siglos bajaron los fustes de los pinos flotando por el Guadalimar, y luego por el Guadalquivir, hasta Sevilla.

La pericia y el arrojo de aquellos navegantes-madereros hicieron posible el traslado de los recursos forestales de la Sierra de Segura, razón por la que Jaén fue declarada “provincia marítima” en el siglo XVIII. Toda una cultura laboral pegada al río como medio de transporte, recogida con honda sensibilidad por José Luis Sampedro en su novela “El río que nos lleva“, y luego en la película de Antonio del Real, documentos que narran con rigor y belleza la última gran maderada de 1948 del alto Tajo hasta Aranjuez, en la que trabajaron expertos pineros del Guadalimar.

Las fotografías que localizo de gancheros vareando pinos por el “río colorao” son preciosas. “Gabarreros de río adentro“, les llamo. Con tanto detalles comunes y cercanos, me aseguro de las fechas marcadas para la celebración de la próxima romería y así, el sábado 28 de mayo de 2016, madrugamos para llegar a Sorihuela con tiempo para vivir “la salida“.

Aparcamos en las inmediaciones de la plaza de los Caños, cuando aún están concentradas allí las carrozas, y luego nos acercamos a pie al estanco de Muñoz Lietor para saludar a Amadora, que nos reitera su invitación.

Antes de las once, el pórtico de la iglesia de San Águeda es un gentío para ver salir a Santa Quiteria. La procesión inicia su itinerario por Reina Sofía y Mayor; al pasar por la calle Colón, Marisa localiza un panadería-bollería y se queda rezagada para comprar algún postre con el que corresponder a la invitación de Amadora, y no presentarnos al día siguiente en la comida con las manos vacías.

Yo continúo como un romero más, entre pétalos que caen del cielo, palmas, sevillanas, trajes de gala y faralaes, jinetes a caballo, marchas solemnes, carrozas engalanadas…, envuelto por la emoción colectiva que acompaña a la “Regenta de las Cañadas” hasta su ermita, en su desfile gozoso por las calles del pueblo y la carretera.

Más tarde, tras citarnos a través del móvil, Marisa me recoge con el coche en la bajada del Cerrico y continuamos hasta Villanueva con objeto de llegar con tiempo para comer en el Plaza Manjón, el hotel que ha reservado días antes.

Descansamos un rato en la habitación y luego dedicamos la tarde a remontar el Guadalimar en coche a través de la N-322, por lo que en muchos tramos el río nos queda algo distante, protegido preferentemente por alineados olivares y meandros frondosos. Salvo en la sierra Realona de Sorihuela y luego en la loma del Carrasquillo, el relieve es ligero.

A la altura de Beas, me desvío para ver y fotografiar el herido Puente Mocho, que desde hace más de dos mil años resiste a duras penas. Luego, el río pasa por el casco urbano de Puente de Génave; sigo por la A-310 hasta Puerta de Segura, donde volvemos a parar para hacer fotos a las aguas rojas en su paso por el pueblo, bajo un puente ancho, vigilado por seis arcos ciegos de medio punto. Damos la vuelta en Siles y regresamos al Cerrico aún con luz; nos integramos enseguida en el ambiente romero y luego en la verbena. Nos recogemos pasadas las dos, con ganas de coger la cama.

El domingo paseamos por la calles desiertas de Sorihuela y llegamos con esfuerzo a través de una rampa hasta la Torre del homenaje, levantada con piedras de dos colores, como si en su construcción hubieran sacados los bloques de canteras distintas. Impresiona. Dentro hay un centro de interpretación y arriba se adivina una atalaya preferente, pero intuyo que es preciso concertar previamente la visita. Lo dejo para una nueva ocasión.

Llegamos a la romería al mediodía, cuando el interior de la ermita es una fiesta. El coro parroquial y algunas voces femeninas cantan “los gozos“, cuyas letras narran pasajes de la vida y poderes de la santa:

Curas enfermos sin cuento

de calenturas mortales

parálisis y otros males

y al hidrófogo sediento“.

Después, los romeros se agrupan en torno a los chozos. Amadora nos ve y hace gestos para que nos acerquemos al suyo. Su marido no es menos amable. Entregamos la bandeja variada de bollos, pastas y roscos que Marisa compró ayer en la bollería Torrija y también unas botellas de Ribera del Duero que llevo en maletero del coche.

Bajo la sombra de cañas, ramas y juncos, el chozo de Amadora y Antonio es un pequeño oasis y un derroche de comida: productos de matanza serrana, morcillas blancas y negras, chicharrones con pimienta, huevos a la porreta con ajos porros y cebolla, y hasta el guiso que llaman “de la novia“, con albóndigas, carne de pollo y huevos cocidos, bien picados, y aderezado todo con especias…

Sobre la mesa hay dos tipos de ensalada, la que dicen “gitana“, en la que suman cominos machacados a los ingredientes clásicos, y otra más campera que llaman “pipirrana“, con patatas cocidas y pimientos morrones fritos, aliñada después con sal, ajo y aceite. También es muy bueno el vino que ha abierto Antonio, pero bebo con medida porque he de regresar a casa conduciendo.

Durante la sobremesa me intereso sobre el estado actual de la zona que resultó arrasada por el incendio del año pasado, en la parte vecina de la sierra, y me complace escuchar algunas opiniones que son optimistas respecto a la capacidad de la naturaleza para regenerarse por sí sola, y aún mejor si es con la ayuda profesional del hombre.

A media tarde, sacan a la santa para una última procesión hasta el Guadalimar. Las mozas sorihueleñas siguen cantando sus gozos y bailando en torno a Quiteria, cuyo cabello al contraluz, según se aleja el sol hacia el poniente, se me asemeja a las aguas bermejas del río.

En el viaje de vuelta, comentamos la intensidad de estos dos días, cargados de emociones, y llegamos a una lectura sencilla y aleccionadora respecto a los daños producidos por la rabia de la tormenta del año anterior: no son irreversibles, no, pues la naturaleza es sabia y capaz de recuperarse por sí misma, con la ayuda de todos y el paso del tiempo.

Y así, ya no sé si Santa Quiteria tiene el don de sanar a personas y animales de la rabia, y de otras enfermedades, pero sí creo que nosotros mismos podemos curar las propias, aliviados por el cariño de nuestra gente cercana e impulsados cada nuevo día por el verso suelto de Antonio Machado, hecho legado:

Vivid, la vida sigue”.

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