Como un salmón conduciendo un ‘veículo longo’

Relato de Mónica Arribas Sebastián con el que ha ganado el premio que convoca la asociación de transportistas ASETRA Segovia en la celebración de su patrón San Cristóbal del 2017, dentro de los actos del 40 aniversario de esta asociación.

Mónica Arribas con el diploma acreditativo del premio de relatos.

Mónica Arribas con el diploma acreditativo del premio de relatos convocado por ASETRA Segovia.

Suena el teléfono, son las 03:00 de la mañana. Intento responder en voz baja al contestar pero mi mujer se espabila y me pregunta qué ocurre. Le contesto que nada grave: “Es Quique, que ha reventado varios neumáticos del remolque cuando venía por la Nacional VI“.

Me visto a toda prisa tropezando por el pasillo con un juguete de mi hijo. Le despierto y se pone a llorar asustado, hasta que mi mujer se levanta de la cama para calmarlo. Cierro la puerta de casa dejando a todos desvelados.

Tenemos que ser rápidos en preparar el cambio de mercancía y hacer bien las muchas gestiones que se necesitan para realizar una asistencia en carretera. ¡Justo hoy ocurre! cuando empieza la operación salida del puente de agosto y va a haber restricciones para circular por varias carreteras.

Hoy, cuando los clientes más prisa tienen para recibir las mercancías y tenerlo todo preparado para la gente que coge puente ¡Ay, puente! Conozco a muchas personas que es lo primero que buscan en su calendario laboral, lamentando que no haya muchos más todos los años.

Otros, los contemplamos únicamente como un tramo de la carretera. No hay puentes para los transportistas y pocas fiestas de guardar. Nosotros nos regimos por otros calendarios que suelen ir al revés que el general. Somos como salmones en el ancho río de las autopistas, siempre contra la corriente del resto, mientras los otros siguen su curso hasta el mar.

Llego al lugar del percance. Quique está nervioso, pero ya ha preparado lo principal. Somos compañeros desde hace más de diez años. Hemos pasado mucho juntos: miles de kilómetros, riñas y reconciliaciones en el trabajo…

Con solo mirarnos a la cara ya adivinamos lo que el otro nos está diciendo, sin necesidad de utilizar las palabras. Aún recuerdo cuando llegó a la empresa buscando trabajo. Era un chaval, acababa de sacarse el carnet. Tenía unas ganas enormes por conducir un camión, con una visera color azul donde pusiera “Enrique y Ana”, en honor a su novia de entonces.

Y lo consiguió, pero cuando lo dejó con Ana tuvo que quitar él mismo, con un secador, las pegatinas de su ex amada compañera de viaje. Después pasó a poner una placa de matrícula en la cabina, sobre el salpicadero, con su apodo. Le gustaba más.

Por aquella primera etapa en la empresa, él salía de la nave picando rueda y le reñíamos porque iba muy deprisa. Con el paso de los años, y la cantidad de radares que hay en la carretera, ha aprendido a levantar el pie derecho del pedal.

-Precisamente en el cambio de rasante, ¡no había otro lugar para que los neumáticos reventaran! -Se lamenta Quique, después de mascullar un montón de palabrotas. Acude también la Guardia Civil de Tráfico para ayudarnos a señalizar.

Aun sabiendo que llevamos bien la documentación, no puedo evitar ponerme algo nervioso cada vez que me los encuentro. Que si el tacógrafo, la tarjeta de transporte, el AdBlue, la hoja de transporte, las luces de gálibo, las placas de señalización… Cuando salgo a la carretera tengo que estar seguro de llevarlo todo controlado, aunque a veces creo olvidar siempre alguna cosa. Es una sensación parecida a la que sientes cuando cierras la puerta de casa al emprender un viaje de vacaciones.

Llega la asistencia a rescatarnos. Después de hacer su trabajo de carga en un enorme remolcador, empieza una encuesta con todos los datos que necesita. Firma aquí y allá, el D.N.I., el número de la póliza, los kilómetros del camión, la hora, los minutos…

Otras dos llamadas más a la compañía del seguro, escuchando la música de espera. Solo falta que nos pidan la huella dactilar o el color del iris de los ojos. Es desesperante tanto trámite de papeleo para algo más urgente en ese momento, como lo es dejar de obstaculizar la vía y el riesgo que corremos nosotros y los demás conductores.

Mientras Quique atiende a la asistencia yo cambio la mercancía al otro remolque con una transpaleta manual. Palets y palets muy pesados de material textil. Tengo las lumbares hechas polvo. Ahora no lo noto. Esta noche cuando termine la jornada ya me lo recordará el cuerpo. Y también esa hernia que lleva varios años avisándome de que un día voy a tener que parar, contra mi voluntad, por el ritmo de trabajo tan intenso que llevo diariamente.

Ya está todo traspasado. Engancho la cabeza tractora al remolque cargado. Mi compañero se monta en la cabina para continuar la ruta, raudo y veloz. Se despide de mí con un silbido y levantando y sacando por la ventanilla el brazo izquierdo, que tiene mucho más bronceado que el otro.

Hace horas que amaneció y no para de sonar mi móvil con quejas de los clientes preguntando por sus pedidos. Despliego todo el repertorio de disculpas que, en ocasiones similares, ya he aprendido a repetir de manera automática. Es difícil hacer entender a un cliente enfadado que, por un día que no puedas cumplir puntualmente la entrega, se olvide de golpe tu buen hacer habitual. Pero bueno, la vida es así.

Por fin llego a la explanada de nuestra empresa. Voy a desayunar; por la hora que es, creo que ya me lo he ganado. Hoy me toca hacer la ruta hasta León. Sólo cuento las horas del tacógrafo y las otras horas, las más importantes, las que me quedan para volver a casa y estar con mi familia.