Valle de espinas

tributatan en valdespina
El primer certamen de relatos “Soria Saludable”, convocado por la fundación científica Caja Rural de Soria y celebrado en la ciudad castellana el pasado mes de diciembre con el fin de divulgar la cultura soriana y la dieta mediterránea, ha distinguido entre la primera promoción de “escritores saludables” a Juan Andrés Saiz Garrido por su relato Valle de espinas.
Remitido.-

En septiembre de 2002, después de los dos años en el Castillo de Coca y de aprobar su acceso al grado superior, Tatán continúa sus estudios en la Escuela de Capacitación de Almazán. Junto a otros compañeros, se instala en una aldea próxima, casi desahitada, Valdespina. Dos años después, tras la feliz graduación, algunos de los nuevos capataces forestales deciden mantener en alquiler la casa, como espacio adecuado donde preparar oposiciones.

Son tan gozosos los comentarios de mi hijo sobre el lugar que me apunto para ir el puente de la Constitución de 2004. A la escapada se suman Marisa, Pablo y mi perro Musgo. Montamos los cuatro en la Serena y llegamos en un par de horas.

Tributatan en Valdespina

Valdespina, lugar del encuentro

El pueblo tiene una veintena de casas y sólo dos habitadas de forma permanente. Abajo, aguarda el río que cantó mi poeta: El Duero corre, terso y mudo, mansamente; una presa remansa unas aguas llenas de vida: truchas, barbos, carpas… En los montes, encinas, quejigos, pinos resineros…; en el intenso azul, planean águilas reales y milanos. Musgo persigue sin éxito cuánto se mueve, que es mucho: conejos, jabalíes y ciervos, que bajan por la noche a beber al río.

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Comida de hermandad en Valdespina

Marta, la mujer del grupo, nos ha dejado una nota: “En el cesto tenéis verduras del huerto; en el arcón hay carne de jabalí y de conejo; en el frigo tenéis una crema de berros y setas de cardo con pimientos asados; queda algo de tarta costrada que hice ayer y una galletas que por aquí llamamos paciencias. Disfrutad; estáis en vuestra casa”.

Preparamos una ensalada, corto embutido y calentamos las setas; tras la tarta, nos enganchamos a esas pastas que se deshacen en la boca y tomamos chupitos de un licor de moras. No extraño la cama, duermo de un tirón.

No hay televisor ni cobertura para el móvil, ni falta que hace. Las horas dan mucho más de sí; de forma natural, surgen los momentos especiales para hablar con Pablo y con Marisa de cosas para las que no encuentro hueco en nuestra casa; a mi hijo adolescente le hablo de lo apasionante que será para él la vida que viene; y con mi esposa, sobre lo hermoso que es el reto de seguir juntos otros tantos años, hasta que seamos viejos.

Tributatan en Valdespina

Tributatan en Valdespina

Aprovecho los amaneceres para escribir en el portátil y para recoger algunas impresiones en mi cuaderno de notas; entre los libros de una repisa encuentro un ejemplar rosa de Austral, Poesías Completas de Antonio Machado, que desde hace tiempo echo en falta de mi estantería más íntima. Ahí está bien. Lo abro por una hoja con el vértice superior doblado y leo dos versos:

Se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea. 

En la chimenea quemamos leños de sabina, que llenan la estancia de un olor entrañable; mientras tecleo, Musgo me mira como si entendiera lo que escribo (sigo siendo un ingenuo, no me entiendo ni yo y pretendo que me comprenda mi perro); cuando termino, nos acurrucamos para ver en la pantalla del portátil una película que Pablo se ha bajado de Internet, pero al rato nos hemos quedado dormidos los cuatro, abrazados por el calor de la lumbre y de la familia. Si existe la felicidad debe de ser algo parecido a esto. Cuando despierto, comprendo por qué Tatán, en cuanto puede, pone rumbo a este refugio escondido en busca de su soledad deseada

(A mis soledades voy

de mis soledades vengo.

Lope de Vega)

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Tributatan en Valdespina

Al mediodía, paseamos por las calles desiertas hasta que Arcensión y Félix, los dos hermanos ya veteranos que resisten en el pueblo, nos saludan. Tras identificarnos como los padres de Tatán, nos ofrecen su casa; una vez dentro, hablan de su buena convivencia con los forestales, en especial con nuestro hijo. Nos piden que comamos con ellos. No es un simple cumplido, debemos aceptarlo.

Mientras Félix pone la mesa, “Arcen” dice que en unos minutos prepara unas sopas de ajo con costra. Félix nos habla de lo dura que fue la despoblación y también del amor a la tierra.

Tributatan en Valdespina

Tributatan en Valdespina

La sopa está exquisita, tras dejar que se cueza un huevo fresco dentro de cada cazuela. “Arcen” saca un recipiente con truchas escabechadas y lo coloca en el centro de la mesa: “Las preparé ayer, nosotros las calentamos, aunque a veces también las comemos frías”. “Apuesto a que son del Duero”, afirmo; Félix lo ratifica: “Casi todo lo que comemos en esta casa es de la tierra y del río”. Rematamos con dulce de membrillo.

Me acerco al coche y cojo un par de libros en los que hablo sobre los gabarreros y otros oficios tradicionales de mi pueblo; les recuerdo que hace siete siglos mi tierra también fue “valle de espinos” y ahora “espinar”; y les indico que es como una gran hondonada que se respalda en el último risco umbrío de la Sierra de Guadarrama, según seguimos la linde montañosa de la Extremadura Castellana. Se los dedico y quedan muy agradecidos, cuando hemos sido nosotros los agraciados.

Tras los gozosos días y una obligada visita a la primera ciudad castellana que inspiró a Machado, regresamos los cuatro a nuestro pueblo por la carretera que pasa por San Esteban y Segovia, cargados de emociones y alumbrados por los versos del poeta:

¡Álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva! 

Seis años después, en otoño de 2011, repuesto temporalmente de los duros efectos de uno de sus ciclos de quimioterapia, Tatán pasa unos días en Valdespina con Ana, su pareja. Decide no recoger nada de las cuatro cosas que tiene en la casa. Están bien allí.

En marzo de 2012, cuando ya el final es irreversible, desde la cabecera de su cama, Tatán me confía un ruego especial: “Despídeme, padre, del sol de Castilla, de la nieve del Guadarrama y del manso Duero en Valdespina”.

El primer fin de semana de septiembre de ese año, bajo el lema de TRIBUTATÁN, sus amigos se citan en la casa soriana de los forestales para vivir juntos un recuerdo colectivo, aunque todos no caben, porque al final son más de setenta.

Marisa se resiste, pero debo ir a Valdespina, he de cumplir el encargo que me hizo mi hijo. Todos acudimos con el corazón encogido: Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Tributatan en Valdespina

Tributatan en Valdespina

El encuentro arranca la noche del viernes y se prolonga hasta la tarde del domingo. El ambiente es festivo y cargado de emociones, pero sin espacio sensiblero para las lágrimas. Dani Olmos y Pumuki se disfrazan de cangrejos de río e interpretan una parodia sobre un improvisado escenario, Pablo Líquido se desgarra cantando temas clásicos del rock alrededor de una hoguera de sabinas, Pablo Wolf alarga la velada con una sesión de música electrónica. Marta, Yago y Noé se encargan de la cocina: ensaladas, arroz con cangrejos, morcilla dulce, chanfaina, torreznos, pastas de mantequilla… Por la noche, en la calle asamos carne de venado y matanza, sobre ascuas de sarmiento.

El domingo, Yago atiende mi petición y me facilita una maceta con un brote de encina, además de indicarme cómo he de tratarla para que agarre y no se seque. Me pregunta qué pretendo hacer con ella y le digo que quiero plantarla junto a la tumba de Tatán. Completo mi explicación con unos versos de Machado:

Oh sí, llevad, amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes

del ancho Guadarrama.

Allí hay barrancos hondos

de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose

bajo una encina casta.

Antes de partir, entro en la casa y vuelvo a hojear el libro de Austral. Leo un último verso: Vivid, la vida sigue. Suena esperanzador, pero no estoy seguro de que en casa todos podamos cumplirlo. Dejo el libro sobre la repisa; está bien allí.

Desde entonces, todo cuanto hago y escribo es un homenaje a su memoria.

Juan Andrés Saiz Garrido.